jueves, 15 de enero de 2009

Ellos dicen

En un pasado muy remoto descubrieron los grandes ríos, la cerúlea bienaventuranza del mar, las mesetas, las llanuras y las montañas del continente. Eso fue luego de que los antepasados abandonaron las antiguas regiones desconocidas, pues al principio ellos vivían en el mar de más allá. Y desde que descubrieron el mundo que tan hermoso se veía fingieron ser tucanes con tocados de tucanes, fingieron ser mariposas detrás de mariposas de obsidiana, asimilaron toda clase de yerbas y raíces para que su carne y sus humores adquirieran el perfume de esa tierra, se untaron de perfumes de la vida para repeler a la muerte, y quemaron inciensos y resinas para agradarle al aire.
Nunca dijeron ser los dueños de estas tierras ni de sus árboles ni de sus animales. Buscaron emparentarse; sus flautas de barro, de hueso, de piedra, asemejaban los sonidos naturales. Sus calendarios, ciencias y canciones, todos eran estrictos sistemas de adecuación.
Su deseo de pertenecer la ponían en evidencia vistiendo plumas de pájaro, pedrezuelas de adorno, tejuelas de oro, collares de concha, caracoles blancos, sellos de arcilla para los atavíos del cuerpo, tiestos de engobe, chaguales y patenas, azabaches jurásicos; presentaron ídolos de tres puntas para propiciar la abundancia, se colgaron filigranas y diademas para encantar; modelaron vasijas zoomorfas; construyeron tallas y tejieron urdimbres. Y es así como, después de muchos miles de años, se convirtieron en gente de esta tierra, y la tierra los adoptó como sus hijos.

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